Los SEIS primeros casos del COMISARIO CARAVAGGIO (Spanish Edition) by Ana Gomila Domènech

Los SEIS primeros casos del COMISARIO CARAVAGGIO (Spanish Edition) by Ana Gomila Domènech

autor:Ana Gomila Domènech [Gomila Domènech, Ana]
La lengua: spa
Format: epub
publicado: 2023-04-20T03:00:00+00:00


PRIMERA PARTE

PREPARATIVOS

LUNES, 3 de mayo de 2021

I

-Entonces, ¿a partir de cuándo se supone que estaré inmunizado? -espetó el apuestísimo y más bien impertinente comisario local, Ralph Croydon, al sufrido enfermero que había de inocularle su segunda dosis de vacuna antiCovid-19, como si este fuera un sospechoso capaz de incurrir en contradicciones a base de hacerle repetir cíclicamente la misma declaración.

El excomisario jefe Giuseppe Caravaggio, que presenciaba la escena desde un rincón del desastrado ambulatorio de barrio, el más próximo a Comisaría, donde habían citado a su insistente compañero, meneó la cabeza y compuso una de sus estudiadas poses de mártir.

-Dentro de una semana, Ralph, ya te lo ha dicho… -lo regañó, imaginándose sobre la portada de un almanaque pío con una favorecedora aureola luminosa y hábito talar de arpillera- ¡No seas pelmazo y deja trabajar al pobre muchacho! Que lleva una aguja, no un martillo neumático.

El sanitario agradeció su intervención con un gruñido. ¡Quién sabe con cuántos aprensivos, hipocondríacos, escépticos y negacionistas de variado pelaje se vería obligado a lidiar a diario! Con razón tenía la frente acartonada y la mirada tristona a pesar de estar recién salido de la facultad… Y eso -siguió fantaseando el excomisario jefe, que adoraba mantener largas conversaciones mentales consigo mismo- por no hablar de los antivacunas furibundos que solo acudían a inmunizarse por motivos estrictamente egoístas, como poder acceder al gimnasio o a su pub favorito, sin dejar de echar pestes sobre la gestión pandémica del Gobierno. “Lo que hay que aguantar”, exclamó para sí, indignado, como si fuera él quien hubiera de vacunarlos.

Caravaggio los apartó de su mente de un metafórico manotazo y empezó a elucubrar la razón del repentino ataque de pánico que evidenciaba su compañero, extraño en alguien tan profusamente tatuado y del que no cabría esperar que temiese los pinchazos. Quizá le recordaran a Theresa, su antigua novia, que había aparecido muerta el verano anterior a bordo de una barca varada en la playa, con una jeringuilla hipodérmica colgada del antebrazo… Por más que Ralph continuara sintiéndose culpable de su fallecimiento y torturándose en consecuencia, pensó, no debería olvidar que desde entonces millones de personas en el mundo habían expirado también a causa del maldito coronavirus. Theresa, al fin y al cabo, había disfrutado de una muerte poética, con una puesta en escena dulcemente fantasmal y a la altura de su exacerbada sensibilidad artística. “¡Ahora basta!”, trató de transmitir por telepatía, “Estás ardiendo, lo sé… Pero, aunque la pena negra haya anidado en tu alma, ruhumda sızı, ha llegado la hora de revivir.”

-¡Ay, me duele! -gimoteó Croydon, como si quisiera hacerle la contraria.

-¿Cómo es posible? ¡Si aún no le he pinchado, señor comisario! -protestó el enfermero, enarbolando como prueba de inocencia la torunda empapada en alcohol con que acababa de desinfectarle el hombro.

-¡Vale ya, Ralph! -lo reprendió el excomisario jefe desde su rincón con calma beduina- Haz el favor de relajarte y dejar de exagerar. Recuerda que eres policía: deberías dar ejemplo de entereza en lugar de comportarte como una



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